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De joven problema... a joven actor social estudiantil: Estudiantes secundarios y su lucha por la igualdad educativa y social

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Resumen

¿Por qué ha sido tan difícil reconocer, valorar y sobre todo visibilizar a los más de 800 mil jóvenes que forman parte del sistema de educación secundaria en nuestro país? Es una de las grandes preguntas que nos aparecen a propósito del conflicto que hoy genera este movimiento de pingüinos y pingüinas , que de norte a sur copan sus propios espacios —y quizás sus únicos espacios—: los liceos; interpelando a una sociedad que no ha sabido verlos y mirarlos con lógicas comprensivas en su más íntimo ser de ser jóvenes estudiantes.

 

Del año noventa a la fecha, decenas de estudios en juventud se han podido desarrollar en nuestro país para responder a la pregunta: quiénes son los jóvenes de hoy. Todas estas iniciativas de investigación han tenido el supuesto propósito de conocer más a los o de los jóvenes . Ello se explica, por un lado, por lo nuevo del tema; pero también porque este tipo de población durante buena parte de la década de los ochenta, toda la década de los noventa y buena parte de la actual década, se ha caracterizado por hacerle ruido al sistema social —a veces, con voz baja, y a veces, con voz fuerte como sucede hoy— porque no logra ajustarse a los requerimientos que de ella se esperan.

 

El gran problema de la mayoría de los estudios realizados en juventud en Chile, es que se elaboraron, generalmente, no sobre una construcción teórica sólida y maciza, sino a partir de los problemas juveniles construidos por las propias instituciones públicas: es decir, a partir de una delimitación institucional, no sólo de la población, sino también de sus supuestas problemáticas. Este rasgo permanece y se agudiza hasta los días de hoy y su mejor ejemplo, expresión y efecto es lo que hoy en CIDPA hemos llamado los cuatro jinetes del apocalipsis : las drogas, el alcohol, la violencia y la promiscuidad; temas/problemas asociados casi en exclusividad al mundo juvenil y sobre todo al mundo juvenil popular.

 

La caracterología que se ha planteado sobre estos jóvenes estudiantes ha estado centrada en una definición y conceptualización de su ser que arranca de la categoría de problema. Se ha tendido, en general, a considerarlos como una subcultura con poca integración al sistema, marginal y anómica, práctica u objetivamente delincuente; como una contracultura disfuncional y contestataria, pero con gran capacidad para el consumo; como una etapa transitoria que sirve de preparación para el futuro, en la cual se está, pero todavía no se es; hasta llegar a considerarla como una población en constante riesgo: de convertirse en delincuente, riesgo de contraer el SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual, riesgo de convertirse en drogadicta, pero por sobre todo, riesgo de asumirse como crítica del sistema hegemónico y elemento subversivo de una supuesta normalidad.

 

Es decir, miradas moralistas o que se afincan en visiones parceladas que convierten a los jóvenes en víctimas o en victimarios y que por sobre todo los escenifica socialmente como jóvenes incapaces, inhabilitados o despotenciados. Estas miradas, producidas a principios de los años noventa, marcaron el rumbo para entender a los jóvenes y para construir prácticamente la totalidad de las políticas y programas con las que han trabajado las instituciones públicas, a tal punto que los jóvenes sólo se nos representaban bajo estas concepciones.

 

Lo grave de estos tipos de diagnósticos y caracterologías juveniles asentadas en las instituciones de nuestros país, es que se levantaron a partir de antecedentes que no dan cuenta de una realidad total de los jóvenes. Dicho de otra manera, el número o porcentaje de jóvenes que entra en rigor en la categoría de problemas, suele ser siempre menor a los que no lo son. Sin embargo, en el imaginario social, en el discurso social, público y oficial, la condición de problemas surgió inherente a este tipo de joven y terminamos convencido de dos cosas: que los jóvenes son así y que los programas reparatorios y compensatorios era lo que necesitaba esta juventud nacida en los años noventa.

 

Pero más graves aún, estos últimos días, hasta ayer inclusive, nuevamente observamos y escuchamos cómo la institucionalidad pública reproduce el único discurso que tiene en sus manos para intentar conversar, reconocer e incluso para anticiparse ante el propio accionar de los jóvenes estudiantes. Por qué se produce esto. Simplemente porque no los conocemos, porque no se ha sido capaz de observar verdaderamente a los jóvenes desde sus reales e integrales experiencias de vida, desde su condición de sujeto, desde el reconocimiento de su subjetividad y, por ende, desde la proyección y legitimidad de su ciudadanía en el espacio de lo social y público.

 

Fuente
Tomado de la Revista Electrónica Latinoamericana de Estudios sobre Juventud.