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Muerte en los medios y estética bélica

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Muerte en los medios y estética bélica


Por Ángel Rodríguez Kauth

Profesor de Pedagogía y Psicología de la Universidad de Cuyo, Argentina. Doctor en Psicología. Hace más de 27 años que es Profesor Titular Exclusivo de Psicología Social y actualmente dicta también la materia de Psicología Política. Director del Proyecto de Investigación "Psicología Política" y también de la Revista IDEA de la Facultad de Ciencias Humanas.

El mundo globalizado contemporáneo se encuentra estupefacto ante un hecho social como es el terrorismo, que siempre ha existido, pero que hoy adquiere perspectivas dramáticas y, como en todo drama, tiene pasiones y razonamientos encontrados, contradictorios por demás.

Es que el terrorismo, tanto el de los Estados como el de la oposición a ellos, ha desempolvado una magnitud que solamente tiene precedentes en el Holocausto, aunque esto solo vale para el terrorismo de los Estados políticamente constituidos. Queda por afuera, aunque no por eso con menor dramatismo y escatología, la acción terrorista de los grupos organizados en oposición a los Estados, que nada tienen que ver con los ácratas del siglo XIX y principios del XX.

Si bien es cierto, desde antaño la guerra trae consigo el miedo a perder objetos y, de ellos, es la vida el bien más valioso, también es verdad que lo trágico de la guerra no son solamente las víctimas, sino que, como observa atinadamente Thily, "la tragedia fundamental es simple: la coerción da resultado; aquellos que imponen una fuerza considerable a sus semejantes obtienen sumisión y de esa sumisión se derivan los múltiples beneficios del dinero, bienes, respeto, acceso a placeres negados a gente menos poderosa".

Por ello, en la actualidad la guerra y sus originales formas de presentación no solo continúa arrastrando ese temor, sino que le ha añadido uno nuevo: la destrucción por sorpresa y, sobre todo, el terror a las posibles acciones terroristas que penden amenazantes como una Espada de Damocles sobre la ciudadanía de países y continentes.

La clave del éxito
En este último punto se encuentra la clave exitosa del quehacer belicoso terrorista. Con buen criterio, el psicólogo español Alonso Fernández (1994) señaló que el éxito del terrorismo estriba, fundamentalmente, en el pánico previo que siembra entre sus posibles víctimas antes de cometerse un atentado al que se espera que ocurra. Esa es una acción capaz de imprimir terror entre la población que posiblemente se vea afectada, o que supone que así lo será.

Y este fenómeno psicosocial, por nada desdeñable, es el que sirve para devanar los sesos entre los responsables de las comunicaciones de masas. Es algo así, con un ejemplo pedestre, como un perro que intenta morderse la cola. Gira en derredor de la incógnita de qué es lo que se debe hacer con la información que se tenga al respecto. Otro tanto les ocurre a los servicios de espionaje o, como se les llama actualmente, de inteligencia que, normalmente, quedan ante el público como poco inteligentes cuando tales actos ocurren.

Es que si ellos ponen en conocimiento de la población la información que poseen, bien saben que aquella entra en pánico, con lo cual se corre el riesgo cierto de que sea peor el remedio que la enfermedad y, si no se lo hacen, el riesgo es que no se tomen medidas individuales y colectivas que eviten correr riesgos innecesarios ante las posibles acciones terroristas. Algo semejante les ocurre a los sismólogos, cuando tienen datos de que en una región ocurrirá un terremoto.

Por otra parte, los servicios de inteligencia, cuando conocen de un posible atentado de tal naturaleza, quedan entrampados en una posición que los descoloca. Por un lado, si lo avisan a través de los medios y no sucede, no solamente han provocado alarma sino que son objeto del reproche y ridiculizados por quienes se han visto afectados por las medidas de alerta máxima, en especial los comerciantes que ven afectados sus negocios y hasta de los propios ciudadanos que son objeto de molestias en sus desplazamientos habituales.

Por otra parte, si no ponen en alerta a la población y movilizan esas incómodas medidas, pero el ataque se lleva a cabo, quizás por la utilización de las mismas, entonces el reproche será mayúsculo, acusándoselos de ineficientes, al no haber tomado las precauciones necesarias.

Más, queda una tercera alternativa. ¿Son creíbles los servicios cuando anuncian haber desbaratado alguno o varios planes terroristas? Por lo general, son objeto de chanzas y mofas por parte del público y de la prensa, ya que no tienen elementos ciertos con los cuales demostrar su eficacia en las operaciones preventivas que realizaron en sigilo, precisamente por el secreto con que necesariamente se rodea su accionar.

Ocurre con la prensa libre
Algo semejante le ocurre a la prensa libre. Si comunica lo que conoce se convierte en alarmista y, entonces, los gobiernos y también el público la acusan de provocar el pánico entre la población. Pero si no lo hace, para evitar el pánico concomitante, termina por convertirse en cómplice de gobernantes desalmados.

Vale decir, por mangas o por faldas (de una forma o de otra) unos y otros están metidos en la misma trampa que les ha tendido el terrorismo con sus estrategias de destrucción de los lazos psicosociales que unen a una comunidad.

Es que el terrorismo en cualquiera de sus formas, estatal u opositor, siempre ha de salir ganando, aunque no cuente con el aval poblacional. Su éxito estriba precisamente en que, se cometa o no el acto terrorista, la simple amenaza de su latencia ya produjo ganancias para el logro de sus objetivos.

Frente a esto, la prensa tiene una solución, cual es la de no caer en la siempre peligrosa y castrante autocensura, a la vez que debe manejar con talento y discreción la información con que cuenta. Esto no es fácil, pero tampoco imposible. En este lugar, nada mejor que recordar las palabras de Camus al reflexionar sobre el uso de la guillotina":

"... cuando el silencio o las astucias del lenguaje contribuyen a mantener un abuso que debe suprimirse, o una desgracia que puede aliviarse, no hay otra solución que hablar claro y demostrar la obscenidad oculta bajo el manto de las palabras".

Que nadie dude que la guerra entablada entre el terrorismo estatal y el terrorismo opositor oculta bajo palabras bonitas, una carga de sadismo y crueldad inigualables y es esa hipocresía encubierta la que debe ser puesta a la luz.

Es que en la actualidad, el terrorismo de Estado ha dejado de ser, en la mayoría de los casos, aquel que conocimos en Iberoamérica como los años de plomo y sobre el cual Cronehed realiza un lúcido análisis. Hoy, el terrorismo de Estado es una multiplicación de Estados que atacan con diversas armas para lograr sus espurios objetivos que, a fuera de verdad, siempre esconden un sustento económico tras la superficie de vocablos grandilocuentes como paz, libertad y democracia, las que han sido vaciadas de contenido.

Estética del terror
Mientras se está en guerra, los discursos de los contendientes se convierten en violentos. Los lenguajes pretenden legitimar, desde la estrategia de cada uno, a las acciones bélicas con textos e imágenes emitidas a través de los medios.

El propósito implícito es no solo la derrota del discurso del enemigo, sino también la de los pacifistas internos que están en desacuerdo con la guerra por tenerla como criminal, tal como ocurrió en 1799 con el afamado pensador alemán I. Kant, como así también con el olvidado librepensador argentino J. B. Alberdi.

El consumidor de informaciones provenientes de la guerra, sean los propios o del enemigo, se sumerge de manera pasiva en la masa de información oceánica que le hacen llegar los medios, lo cual le enajena la conciencia a través del uso de las estrategias militares de los bandos en pugna.

A la estética de la muerte la encontramos, por ejemplo, en las imágenes de los soldados acariciando los misiles -o cualquier otro instrumento destructivo- que llevan dentro suyo muerte y destrucción, armas a las que no cejan en pintarles leyendas con nombres de personas amadas, o con un mensaje de muerte para su eventual destinatario anónimo que está del otro lado.

Así podemos regocijarnos con la belleza de los instrumentos que fueron creados para sembrar muerte, pánico y destrucción. Es que el arte clásico no determina la naturaleza de lo bello en una forma perfectamente definida, que siga una norma o un canon que gobierna la apariencia.

Admiración por la muerte
La admiración por la muerte ha estado en la base de la cultura fascista desde comienzos del siglo XIX, tal como lo expresara, musicalmente, el genio de Wagner y, literariamente, lo hiciera J. G. Fichte en 1808 y que posteriormente hicieran suyos los grandes y sanguinarios dictadores europeos del siglo siguiente.

Pareciera que lo que se intenta es que las armas sean más admiradas por el público que temidas por sus destinatarios, que en cualquier momento pueden ser vueltas contra ellos, en una suerte de paradoja del destino. Y es que en este encuentro, entre arte y comunicación, estimo que bien vale para la segunda aplicar, con criterio analógico, aquello que se utiliza como metáfora en el primero: "[en el arte] lo que manda es el ojo del observador".

Por ello, en la comunicación masiva, si el ojo de los observadores ha sido entrenado a percibir algo como bueno o malo a través de la reiteración de consignas discursivas, pues entonces el ojo lo verá de la forma en que se lo instruyó.

Fuente:
Página web Revista Chasqui

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O a Angel Rodríguez Kauth
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muy útil

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