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En, sobre, bajo, ante la televisión: Pierre Bourdieu y los estudios socioculturales de la comunicaci

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En, sobre, bajo, ante la televisión: Pierre Bourdieu y los estudios socioculturales de la comunicación


Por Raúl Fuentes Navarro

Sostengo, como profesor de teoría de la comunicación, que la obra de Pierre Bourdieu tiene muy poco que aportar -directamente- a este campo de estudios, principalmente porque al sociólogo francés nunca pareció interesarle inmiscuirse en él. Coincido en ese sentido con uno de los mejores conocedores de su trabajo, Néstor García Canclini:
Siempre me pareció extraño que una obra dedicada de manera exhaustiva a desentrañar la modernidad no se ocupara, por lo menos en forma importante, de esos actores centrales que son las industrias culturales o los medios masivos de comunicación. -Ni sus estudios sobre la moda, ni sobre el deporte, ni el enciclopédico examen de las prácticas estéticas de la sociedad francesa realizado en La Distinción -donde apenas en seis páginas hace referencias sobre la televisión- se ocuparon de la organización industrial de la cultura masiva. Esto propició que las afirmaciones vertidas en sus trabajos sobre la popularización del arte y sobre los gustos de las clases populares fueran refutadas por varios críticos al considerarlas como juicios aristocratizantes- y que Bourdieu no logrará responder más que con defensas teoricistas. Quizá lo más serio del asunto sea que la ausencia de las industrias culturales y de los procesos de comunicación masiva implique una distorsión del papel que adquieren otros actores sociales -la escuela y la familia- dentro de una teoría de la reproducción social que ignora el lugar de formas posescolares y posfamiliares de socialización (García Canclini, 1999: 59).

Independientemente de que sea lamentable o no esta "distancia" o tan manifiesto desinterés por parte de Bourdieu, su presencia en el campo de estudios de la comunicación es fuerte desde hace muchos años, y su muerte muy probablemente la reforzará aún más, pues en éste concurren, especialmente en México y América Latina, muchos investigadores que han encontrado en su trabajo elementos importantes de inspiración y guía. Por ello, y quizá siguiendo el ejemplo de su espíritu inquisitivo sobre las categorías de pensamiento con las que pensamos, conviene situar y analizar tres puntos de contacto de su obra con nuestro campo: uno es el reconocimiento de la propia categoría de "campo" para identificar la dinámica de constitución social de los estudios sobre la comunicación y sus condiciones de desarrollo como proyecto académico-social; el segundo es el "desplazamiento" de fundamentos teóricos de disciplinas relativamente más "sólidas" (como las sociologías) hacia un campo con acusada debilidad disciplinaria (el de la comunicación); y el tercero, el de la tematización de un "objeto" central de estudio para cualquier acercamiento a la comprensión de las sociedades contemporáneas, como lo es la televisión.

Con respecto al primero de estos puntos de contacto, de estas presencias de la obra de Bourdieu en el campo de estudios de la comunicación, mis análisis de la institucionalización (social e intelectual) de nuestro campo académico en México, incluyendo una tesis doctoral, se basan en buena medida, mediante la construcción de modelos heurísticos, en Bourdieu:

Este trabajo tiene la pretensión de explicar cómo es que en el entorno sociocultural de México, "en transición" global, dentro de un sistema nacional de educación superior caracterizado por fuertes tensiones tanto internas como externas, la investigación académica de la comunicación emergió en los años setenta en algunas universidades como un proyecto articulado por la utopía, atravesó la "crisis" de los ochenta sentando paradójicamente las bases de su institucionalización, y enfrenta, en los años noventa, los retos de su consolidación como práctica académica profesionalizada y legitimada.

Hipotéticamente, este proceso multidimensional, complejo y contradictorio, de desarrollo del campo académico de la comunicación en México, ha sido determinado, en su escala más general en los últimos veinticinco años, por la coincidencia de intensos y extensos procesos de cambio, por una parte en las condiciones del mercado académico nacional y por otra en los marcos epistemológicos y teórico-metodológicos del estudio de la comunicación. Así, han confluido factores económicos y políticos con factores intelectuales y culturales en la conformación del "escenario" sociocultural en el que los investigadores mexicanos de la comunicación se han constituido como agentes responsables y relativamente autoconscientes de las prácticas académicas que a su vez han estructurado el campo (Fuentes, 1998: 25-26).

Así, junto a los aportes de dos sociólogos británicos (Anthony Giddens y John B. Thompson), el estudio sobre el campo académico de la comunicación en México, como un análisis sociológico realizado "desde adentro" del propio campo, supuso un ejercicio de apropiación crítica de las propuestas de Bourdieu, especialmente de su análisis sobre el campo científico (1975) y del Homo Academicus, su magistral estudio del campo universitario francés en 1968, buscando responder cuestiones básicas como la que se formulaba él:
¿Qué provecho científico puede haber en tratar de descubrir lo que implica el hecho de pertenecer al campo académico, ese lugar de permanente pugna por la verdad del mundo social y del campo académico mismo, y el hecho de ocupar una determinada posición dentro de él, definida por un cierto número de propiedades, una educación y un entrenamiento, cualificaciones y estatus, con todas sus formas concomitantes de solidaridad o membresía? En primer lugar, es una oportunidad para neutralizar conscientemente las probabilidades de error que son inherentes a una posición, entendida como un punto de vista que implica un cierto ángulo de visión y por ello una forma particular de introspección y de ceguera. Pero sobre todo, revela los fundamentos sociales de la propensión a teorizar o a intelectualizar, inherente a la postura misma del académico que se siente libre de apartarse del juego para conceptualizarlo y asumir el objetivo, que atrae el reconocimiento social de ser científico, de lograr una panorámica del mundo obtenida desde un punto de vista externo y superior (Bourdieu, 1988: xiii).

Para abordar aquel estudio, entonces, adopté el principio metodológico de objetivación participante, que según Bourdieu, "es sin duda el ejercicio más difícil que existe, porque requiere la ruptura de las adherencias y las adhesiones más profundas y más inconscientes; justamente aquéllas que, muchas veces, constituyen el 'interés' del propio objeto estudiado para aquél que lo estudia, todo aquello que él menos pretende conocer en su relación con el objeto que procura conocer" (Bourdieu, 1989: 51). De esta manera, el concepto de "campo académico", operado auto-reflexivamente desde su correspondiente habitus, sirvió para "captar" analíticamente las relaciones entre los sistemas de representaciones que subyacen a las prácticas de sujetos empíricos. Estas prácticas, a su vez, constituyen el propio campo como "espacio" de tensiones entre sujetos, entre sujetos y estructura, y entre la estructura y el entorno sociocultural en que se constituye.

El campo universitario es, como cualquier otro campo, un espacio de lucha por la determinación de las condiciones y los criterios de la membresía y la jerarquía legítimas, esto es, por determinar cuáles propiedades serán pertinentes, efectivas y susceptibles de operar como capital que genere los beneficios específicos ofrecidos por el campo. Los diferentes conjuntos de individuos (más o menos constituidos en grupos) que se definen por esos criterios diversos, tienen un interés absoluto en ellos. Al profesar esos criterios, al tratar de hacerlos reconocer, al intentar imponerlos como propiedades legítimas, como capital específico, ellos están trabajando para modificar las leyes de formación de los precios, características del mercado universitario, y por tanto para mejorar sus beneficios potenciales (Bourdieu, 1988: 11).

La marca de Bourdieu quedó entonces plasmada en los fundamentos de ese trabajo, realizado desde una perspectiva sociológica, si bien dirigida hacia un enfoque sociocultural de la comunicación. De ahí que aunque el análisis concreto exigió distinguir los procesos de institucionalización social y cognoscitiva (como productos de la estructuración, concepto tomado de Giddens), y los factores "internos" y "externos" determinantes de la dinámica de constitución del campo, en la interpretación no podía privilegiarse ninguna de estas dimensiones como tal, sino su relación, incorporada en los sujetos como habitus y, por tanto, subyacente en las prácticas, siempre concretamente situadas. Especialmente por tratarse de un campo no consolidado disciplinariamente, inserto en un sistema universitario en crisis, como es el de la investigación académica de la comunicación en México, "este planteamiento implica que la institucionalización en proceso está por necesidad estrechamente relacionada con la profesionalización de los investigadores, también en proceso, -que a su vez supone por una parte la formación de sujetos competentes para la práctica científica y por otra su adscripción como trabajadores académicos en el sistema universitario mexicano, en cuyo seno 'existe' el campo- y en último término, con su legitimación académica y social (Fuentes, 1998: 62).

El desplazamiento de categorías teóricas hacia los estudios de comunicación
Hay que señalar que, de acuerdo con los planteamientos adoptados en el estudio citado, y algunos de sus resultados analíticos, las características cognoscitivas de un campo multidisciplinario de investigación, como el de la comunicación en México, exigen la ampliación del rango de "objetos del compromiso de grupo" que Thomas Kuhn llamaba en general paradigma para explicar la relación entre ese "conjunto de hábitos (intelectuales, verbales, conductuales, mecánicos, tecnológicos...)" (Kuhn, 1982: 321) o "paradigma sociológico" como distinguió Masterman (1970: 66), y una comunidad científica. Esto significa re-construir los elementos constitutivos del estilo de pensamiento de ese colectivo (Fleck, 1979: 39), enfatizando las configuraciones específicas (ideológicas) de las "representaciones" o "imágenes" mentales compartidas sobre los problemas de interés, el juicio que el grupo considera evidente, y los métodos aplicados como "medios de cognición" (Fleck, 1979: 99).

Sobre la base de que el concepto de estilo de pensamiento de Fleck se asemeja sorprendentemente al habitus de Bourdieu y al esquema interpretativo de Giddens, se procedió a utilizarlos en conjunción para "sustentar teóricamente, por un lado, el carácter dialéctico de la mutua constitución entre prácticas e identidades subjetivas y los campos o sistemas objetivos (...) y por otro, la posibilidad de objetivar esas relaciones mediante el análisis de las formaciones discursivas con que los sujetos se las representan como 'significados' (que son el producto de la interpretación subjetiva de la información del entorno) y las comparten como 'sentido' (que es el producto pragmático de la interacción comunicativa entre sujetos)" (Fuentes, 1998). Un paso previo al análisis de la "conformación del habitus de 'comunicólogo'", fue por ello partir de una exploración de las creencias del grupo de sujetos del estudio (investigadores de la comunicación en México) sobre algunas dimensiones de su propia práctica. Esta exploración estuvo basada en la idea de que "las principales entidades sociales tienen siempre un aspecto simbólico, una cultura, así como una estructura social, ciertos relatos y creencias compartidas que coadyuvan a que los participantes definan quiénes son, qué hacen, por qué lo hacen, y si ello les implica un infortunio o una bendición" (Clark, 1992: 113).

Esta extensa exploración analítica de las representaciones discursivas (tanto "en producción" como "en reconocimiento", siguiendo la terminología de Verón, 1987) de algunos aspectos del campo académico y de la práctica de la investigación de la comunicación en México, expresadas por un grupo considerable de investigadores, permitió identificar algunos de los rasgos principales de un perfil ideológico o formación discursiva específicamente representativo de ese grupo, tanto en lo que tienden a compartir como en los ejes de divergencia de sentido, o de pugna por la hegemonía, operantes. Estos rasgos indicaron también, de acuerdo con el marco metodológico adoptado, los ingredientes cognoscitivos que, a falta de consensos sólidos en lo teórico-metodológico, constituyen las bases de una identidad profesional (más o menos) compartida por los sujetos, en tanto "investigadores de la comunicación", especialmente bajo la forma de normas éticas y de estilos de pensamiento propios del campo (Fuentes, 1998: 304-305).

A partir de los datos y resultados analíticos obtenidos mediante diversos instrumentos de investigación integrados (bibliometría, encuesta, entrevistas), se buscó sintetizar las representaciones de los investigadores en tres dimensiones interpretativas: de las trayectorias profesionales personales (hacia una historia de vida profesional), de las identidades o habitus profesionales (hacia una prosopografía del campo), y de la proyección utópica del trabajo académico (hacia la determinación de los ejes de producción de sentido). La re-interpretación (Thompson, 1993) elaborada sobre la articulación de estas dimensiones se organizó finalmente en términos de una reconstrucción de los procesos colectivos de construcción de una ideología profesional, articuladora del habitus y el campo, que opera como "matriz disciplinaria" en su acepción más amplia, y en términos de posiciones relacionales entre los investigadores, agentes en lucha por el prestigio y la legitimación, lucha en función de la cual el conocimiento es instrumentalizado por los sujetos.

Desde esa perspectiva, el estudio empírico permitió evidenciar que la lucha por el prestigio (individual y colectivo) es sin duda un factor clave para entender los procesos multidimensionales de estructuración del campo de la investigación académica de la comunicación en México. Este factor, manifiesto en innumerables estrategias conductuales y discursivas ("políticas" tanto como "científicas") de los sujetos, ha desembocado en una tensión fuertemente equilibrada (y que por lo tanto tiende a la inmovilidad) entre "la competencia por logros creativos" y "la competencia por la monopolización del saber legítimo" (Knorr-Cetina, 1981: 70) entre muy pocos agentes (personales e institucionales) que han internalizado las condiciones objetivas externamente impuestas al campo y a sus prácticas (la "inconsistencia disciplinaria", la "dependencia estructural" y la "crisis universitaria") y han mantenido como instrumentos (recursos y esquemas interpretativos) de su agencia estructuradora los proyectos "fundacionales" de la "institucionalización académica", la "autonomía intelectual" y la "continuidad utópica" hasta un momento que parece ser (así es percibido por los sujetos) un límite histórico de viabilidad. Por ello, sin que los sujetos sean conscientes de ello, nadie asume subjetivamente (pudiéndolo "objetivamente" hacer) el rol de liderazgo intelectual y político que, por la vía del prestigio pueda generar poder legítimo tanto al "interior" como al "exterior", como exige el campo para sobrevivir como tal.

La interpretación, prácticamente unánime entre los sujetos, sobre la debilidad disciplinaria del campo, y al mismo tiempo, sobre la relevancia creciente en términos socioculturales del "objeto" de estudio, apuntó finalmente hacia una reinterpretación más profunda de los factores de la (re)configuración cognoscitiva del campo, en una dimensión ética, que la sociología de la ciencia ha explorado poco y que, como señala Pickering (1992), implica el paso definitivo de una concepción de la ciencia como conocimiento a una concepción de la actividad científica como práctica socioculturalmente determinada y éticamente orientada, donde los sujetos generan y regeneran continuamente el sentido (Fuentes, 1998: 335-336).

En este marco, aquí muy resumido, se sitúa la consideración de la necesidad estructural de los agentes de la investigación académica de la comunicación (al menos en México), empíricamente explorada, de recurrir a las sociologías (pues las perspectivas son varias y, sobre todo, divergentes) como fuentes de conceptualización teórico-metodológica de los estudios sobre la "comunicación", objeto genérico crecientemente desarticulado en términos disciplinarios. De ahí que la discusión estratégica sobre el carácter del campo, como un espacio disciplinario, multi- inter- o postdisciplinario (Galindo y Lameiras, 1994; Sánchez Ruiz, 1997; Fuentes, 1997a, 1997b), adquiera una importancia central. En todo caso, queda planteado que el afán de buscar en Bourdieu un modelo teórico que permita explicar los sistemas sociales de producción, circulación y apropiación de sentidos, difícilmente conduciría a una comprensión adecuada de los complejos "mecanismos" y articulaciones socioculturales de la "comunicación" contemporánea. En su lectura crítica del texto de Bourdieu sobre la televisión, García Canclini da cuenta de algunas insuficiencias graves al respecto:
"Resulta sintomática -la reducción que Bourdieu hace en sus conferencias del campo mediático o televisivo al "campo periodístico". En la casi totalidad de los ejemplos -que fueron tomados de las prácticas informativas de la televisión y de la prensa- intelectualiza la problemática comunicacional. Nunca considera como parte del campo las funciones lúdicas, de entretenimiento, de los medios. Cita en una ocasión a Raymond Williams, pero no recoge su examen más sofisticado y matizado de la cultura y la comunicación, que incluye "las estructuras de sentimiento" - Por tanto, tampoco se pregunta por los problemas específicos del lenguaje televisivo, por los tipos de interacción que establece con diversos receptores y por la posibilidad de elaborar en forma crítica esos vínculos. La sociedad aparece en Sur la télévision sólo como un conjunto homogéneo de espectadores, con lo que contradice su propia crítica a la noción de opinión pública que realizara en uno de sus textos más famosos, "La opinión pública no existe". (García Canclini, 1999: 62-63).

En este sentido, se podría equiparar el texto de Bourdieu (1997) a otros dos que, con una distancia analítica comparable con respecto a la televisión, publicaron investigadores muy distinguidos en otros campos en la segunda mitad de los noventa: La televisión es mala maestra, de Sir Karl Popper (1998) y Homo Videns, de Giovanni Sartori (1998).

¿Desde dónde observar la televisión?
Podría decirse, abusando del juego de palabras, que el título de la obra de Bourdieu, Sobre la televisión, indica en la preposición inicial la postura del autor, más que la referencia de su discurso sobre el objeto "televisión". La lectura de García Canclini enfatiza, seriamente, esta postura:
¿Desde dónde habla el científico social? ¿Desde un no lugar? Bourdieu sostiene que esa es la manera de conquistar la mayor objetividad posible. Deconstruir la posición del analista social requiere, según él, de la adquisición de conciencia de las coordenadas sociales (de clase, sexo y etnia) del investigador, de la posición que éste ocupa en el campo académico, y en tercer lugar, dice Wacquant, de "la parcialidad intelectualista" que hace imaginar al científico que puede ver el mundo como un espectáculo". (García Canclini, 1999: 64).

Obviamente no se trata de desacreditar a Bourdieu, sino de analizar su discurso sobre la televisión en conjunción con su postura ante la televisión. Porque el libro Sobre la televisión (1997), contiene la transcripción de sus dos conferencias pronunciadas en la televisión, en las cuales Bourdieu explicita las condiciones que impone a su participación para no someterse bajo la televisión, aprovechando que la transmisión sería auspiciada por el Collège de France. La primera de las dos conferencias comienza así:
"Me gustaría plantear aquí, en la pequeña pantalla, una serie de preguntas acerca de la televisión. Un propósito algo paradójico, puesto que creo que, en general, no se puede decir gran cosa en ella, y menos aún sobre la propia televisión. Pero entonces, si es cierto que no se puede decir nada en la televisión, ¿no debería concluir, junto con buen número de intelectuales, de artistas, de escritores, y de los más destacados, que sería mejor abstenerse de utilizarla como medio de expresión? Me parece que no se puede aceptar esta alternativa tajante, en términos de todo o nada. Creo que es importante hablar por televisión, pero en determinadas condiciones". (Bourdieu, 1997: 15).

Podrá notarse el uso de las preposiciones en este párrafo: en la televisión se hacen preguntas acerca de la televisión, aunque no se puede decir nada en ella. Pero es importante hablar por televisión. En el Prefacio, escrito para presentar la transcripción de las conferencias, Bourdieu habla de las "determinadas condiciones" que impuso a su presentación:
"He decidido ofrecer por televisión estas dos conferencias para tratar de ir más allá de los límites de la audiencia normal de un curso del Collège de France. Pienso, en efecto, que la televisión, a través de los diferentes mecanismos que intento describir de forma sucinta -un análisis profundo y sistemático habría exigido mucho más tiempo-, pone en muy serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural: arte, literatura, ciencia, filosofía, derecho; creo, incluso, al contrario de lo que piensan y lo que dicen, sin duda con la mayor buena fe, los periodistas más conscientes de sus responsabilidades, que pone en un peligro no menor la vida política y la democracia". (Bourdieu, 1997: 7-8).

Aunque éstas no son "conclusiones", en sentido estricto y riguroso, de ningún análisis, sino premisas más o menos informadas, hipótesis en todo caso, operan en el discurso de Bourdieu, por medio de la televisión y de un libro, como si lo fueran. Por ello, al plantearse como posturas ante la televisión, ubican al investigador sobre (por encima) de la televisión, en la que, a pesar del "muy serio peligro", decide hablar, condicionadamente.
"Hoy, gracias al servicio audiovisual del Collège de France, me beneficio de unas condiciones que son absolutamente excepcionales: en primer lugar, mi tiempo no está limitado; en segundo lugar, el tema de mi disertación no me ha sido impuesto -lo he escogido libremente y todavía puedo cambiarlo-; en tercer lugar, no hay nadie, como en los programas normales y corrientes, para llamarme al orden, sea en nombre de la técnica, del "público que no comprenderá lo que usted dice", de la moral, de las convenciones sociales, etcétera. Se trata de una situación absolutamente insólita, puesto que empleando un lenguaje pasado de moda, tengo un dominio de los medios de producción que no es habitual. Al insistir en que las condiciones que se me ofrecen son absolutamente excepcionales, ya digo algo acerca de las condiciones normales a las que hay que someterse cuando se habla por televisión" (Bourdieu, 1997: 15-16).

Para sus emisiones, Bourdieu no permitió interrupciones, movimientos de cámara, ilustraciones alusivas a su discurso, ni en modo alguno el empleo de los recursos de la televisión:
"He tenido que esforzarme para expresarme de forma que pudiera ser entendido por todos. Lo que me ha obligado, en más de un caso, a simplificaciones, a aproximaciones. Para destacar lo esencial, es decir, el discurso, a diferencia (o a la inversa) de lo que suele ser práctica habitual en la televisión, he optado, de acuerdo con el realizador, por evitar cualquier pretensión formal en el encuadre y la filmación de las tomas y por renunciar a las ilustraciones -fragmentos de emisiones, facsímiles de documentos, estadísticas, etcétera- las cuales no sólo habrían ocupado un tiempo muy valioso, sino que, sin duda habrían enturbiado la línea de un discurso que pretendía ser argumentativo y demostrativo. El contraste con la televisión habitual, que constituía el propósito del análisis, era deliberado, como una forma de afirmar la autonomía del discurso analítico y crítico, aunque fuera bajo las apariencias pedantes y pesadas, didácticas y dogmáticas, de una lección de las que se denominan magistrales" (Bourdieu, 1997: 9).

Es claro y explícito el desconocimiento (deliberado) de Bourdieu sobre las posibilidades comunicativas de la televisión: se limita a reconocerle una amplia capacidad de difusión extendida. Pero no le concede, contradictoriamente, ninguna posibilidad de ser empleada de otra manera que no sea la más criticable de la censura, la banalización y la manipulación que ejemplifica una y otra vez. El argumento es contundente: en la televisión (cuando no se dan las condiciones excepcionales de las que "disfrutó" él, o sea, siempre), "la comunicación es instantánea porque, en un sentido, no existe. O es sólo aparente. El intercambio de "ideas preconcebidas" es una comunicación sin más contenido que el propio hecho de la comunicación" (Bourdieu, 1997: 39-40). Aún si el género televisivo de referencia es el talk show, el desconocimiento de la comunicación con la audiencia, supone un concepto muy pobre tanto de la televisión como institución cultural como de la comunicación como mecanismo social de producción de sentido.

Bourdieu parte, en su discurso, del convencimiento de que "la sociología, al igual que todas las ciencias, tiene como misión descubrir cosas ocultas; al hacerlo, puede contribuir a minimizar la violencia simbólica que se ejerce en las relaciones sociales en general y en las de comunicación mediática en particular" (Bourdieu, 1997: 22). En las dos conferencias, elabora su visión, primero, sobre los mecanismos que generan el discurso televisivo y, segundo, sobre "la estructura invisible y sus efectos". Ubica, como se había ya señalado, a la televisión como un "aparato" del campo del periodismo, y advierte que:
"El fenómeno más importante, y que era bastante difícil de prever, es la extensión extraordinaria de la influencia de la televisión sobre el conjunto de las actividades de producción cultural, incluidas las científicas o artísticas. En la actualidad, la televisión ha llevado a su extremo, a su límite, una contradicción que atormenta a todos los universos de producción cultural. Me refiero a la contradicción entre las condiciones económicas y sociales en las que hay que estar situado para poder producir un determinado tipo de obras y por otra parte, las condiciones sociales de transmisión de los productos obtenidos en tales condiciones" (Bourdieu, 1997: 50-51).

Al desarrollar su visión de la estructura "invisible", arremete contra lo que reconoce como teorías de la comunicación: "Buena parte del discurso con pretensiones científicas sobre la televisión no es más que la repetición fiel de lo que su propia gente dice a propósito de ella". Y sin mayor especificidad, anota que "se trata de cosas muy complicadas y sólo con una labor empírica muy importante cabe progresar realmente en su conocimiento (lo que no es óbice para que unos autoproclamados poseedores de una ciencia que no existe, la 'mediología', adelanten, antes incluso de hacer cualquier investigación, sus perentorias conclusiones sobre el estado del mundo mediático" (Bourdieu, 1997: 71-73). El problema es doble: Bourdieu desconoce (quizá deliberadamente, quizá por ignorancia), las contribuciones al conocimiento de la operación social de la televisión que provienen de diversas tradiciones de investigación, muy anteriores y muy distintas a la "mediología" (Debray, 2001). Por otra parte, no hay evidencias de que el propio Bourdieu haya realizado la indispensable "labor empírica muy importante" necesaria para "progresar realmente" en el conocimiento de los procesos que trata reduccionistamente.

Sin embargo, la aplicación de la "teoría de los campos" al campo periodístico, por el propio Bourdieu, ilumina sin duda algunas de las dimensiones de su práctica al develar la estructura que las soporta. "El campo del periodismo tiene una particularidad: depende mucho más de las fuerzas externas que cualquier otro campo de producción cultural, como el de las matemáticas, el de la literatura, el jurídico, el científico, etcétera. Depende muy directamente de la demanda, está sometido a la sanción del mercado, del plebiscito, incluso tal vez más que el campo político" (Bourdieu, 1997: 77). Algunos análisis teóricos y empíricos, desarrollados en el campo académico de la comunicación, como los acercamientos del canadiense François Demers (1997) y la mexicana Cecilia Cervantes (1995) al periodismo, han podido aportar elementos claros de comprensión de esas "estructuras invisibles".

Curiosamente, Bourdieu adelanta en el texto que sus análisis del campo periodístico serían tomados como "ataques" por los periodistas y, obviamente, así sucedió. Pero el propio Bourdieu advirtió que "por más que obren casi siempre a través de las acciones de personas singulares, los mecanismos que se establecen en el campo periodístico y los efectos que ejercen sobre los demás campos están determinados en su intensidad y su orientación por la estructura que caracteriza dicho campo" (Bourdieu, 1997: 110). Lo no previsto por Bourdieu, aparentemente, fue que su "intervención" sobre un campo académico sin duda menos "autónomo" que el sociológico suyo, pudiera ir más allá, en el sentido mismo de la comprensión de los mecanismos socioculturales puestos en juego por la televisión para desencadenar, no desde el planteamiento de "elevar el derecho de entrada y el deber de salida" de los concurrentes en la producción, sino de reconocer que, comunicacionalmente, la televisión puede incluir en su tensión a los ciudadanos televidentes, que son algo más que sujetos que responden anónimamente a los cuestionarios de los índices de audiencia, papel prácticamente único al que la propuesta de Bourdieu los condena, con el más "democrático" y "liberador" de los afanes.

Referencias bibliográficas:
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Fuente:
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Raúl Fuentes Navarro
E-mail: raul@iteso.mx

Comments

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Muy superior al promedio de las paginas, felicitaciones.

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cual seria su principal informacion de hipotesis

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SUPUESTAMENTE SE DICE QUE HAY INFORMACION DE QUE ES FUNCION COGNOSITIVA PERO NO HAY NADA

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no le entendi nada de lo que dice porque no encuentro nada d lo que busco

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EXCELENTE, ESTOY CURSANDO MAESTRIA EN COMUNICACION

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